—No estoy sola —le dije—. Estoy despierta.
Fui directo al departamento que Joaquín me había dejado. Verónica y Rubén vivían ahí gratis desde hacía años. Abrí con mi llave y empecé a empacar. Ropa, zapatos, platos, fotos, adornos baratos, documentos, todo. No rompí nada. No grité. Fui ordenada, exacta, fría. Contraté una mudanza y pagué extra para que llevaran todo a la casa de mis padres. Usé la llave de emergencia que ellos mismos me habían dado y pedí que dejaran las cajas en medio de la sala, una sobre otra, como el altar de su descaro.
Después llamé a un cerrajero.
—¿Quiere cambiar solo la chapa?
—Todo —dije—. Quiero que ninguna llave vieja vuelva a servir.
Cuando terminé, fui a mi casa, abrí mi computadora y cancelé cada pago que hacía por ellos: seguro del auto de mis padres, suplemento médico, tarjeta del supermercado, celular de Verónica, mensualidad del coche de Rubén, gimnasio, servicios, pequeñas ayudas que sumaban casi 3,000 dólares al mes. Mientras oprimía “cancelar”, recordaba cada vez que les di dinero creyendo que era amor.
Esa tarde aparecieron las fotos. Verónica en la playa. Rubén con lentes oscuros. Mis padres levantando copas. “Mi familia siempre me sostiene”, escribió ella.
Tomé captura de todo.
Three days later they returned. I didn’t answer calls. I didn’t hear audio. At 10 p.m., they knocked on my door like they came to claim a stolen property.
“Open, Angelica!” cried Veronica. What the hell did you do with our apartment?
I took a deep breath. I looked at a picture of Mateo in his baseball uniform. Then I opened the door.