—No —dijo mi padre—. Ha dejado de ser solo entre ustedes cuando han intentado humillarnos delante de doscientas personas.
No supe si fueron esas palabras o el tono firme, pero Diego retrocedió un paso.
Fue entonces cuando apareció Teresa, la hermana mayor de Roberto y tía de Diego. Una mujer de sesenta años, elegante, muy conocida en la familia por no callarse nunca. Se plantó delante de Patricia y dijo con voz clara:
—Has ido demasiado lejos.
Patricia soltó una carcajada seca.
“Don’t tell me that now you’re going to do theater too.
“No. I’m going to say out loud what we’ve all been thinking for years. That you control your child, humiliate anyone you don’t consider of your level, and turn any meeting into a test of obedience.
Varias cabezas se giraron. Dos primas de Diego bajaron la vista. Su hermana menor, Daniela, estaba llorando en silencio junto a la barra.
Teresa siguió:
—Y tú, Diego, eres igual de responsable. Porque crecer con una madre así explica muchas cosas, pero no las justifica cuando ya eres un hombre de treinta y cinco años.
Él intentó responder, pero no le salió nada.
Por primera vez desde que empezó todo, vi grietas reales en esa fachada familiar impecable.
La coordinadora del evento se acercó con sumo cuidado.